
El optimismo no es innato en el ser humano, es decir, no es cuestión de carácter. Siempre puede empezar a trabajarse esta cualidad positiva a partir de algún momento de la vida. Sin embargo, nada es tan bueno como adquirir en la propia infancia este hábito emocional que implica aprender a vivir conectado con la idea de que las cosas pueden salir bien.
Por ello, cada día, debes hacer un regalo a tu hijo: el del optimismo. ¿Cómo se logra este objetivo? En primer lugar, a través del propio ejemplo. La alegría se contagia como un imán igual que sucede en el caso de la tristeza. Por ello, es una suerte para cualquier hijo crecer en un hogar en el que hay valores humanistas, un clima de comunicación adecuado donde se escucha mucho y se comparte tiempo en común. Por otro lado, el optimismo también se potencia a través de la risa y del sentido del humor. Algo que ayuda a quitar peso a los problemas y a desdramatizar situaciones difíciles.




























































