
Algunos niños pueden ser caprichosos, esas actitudes aparecen cuando los niños no logran lidiar con la frustración. Suele darse después de escuchar un “no” de los padres en repetidas ocasiones. Entonces como se ven impotentes empiezan a llorar, gritar, morder, sacudirse y tirarse al suelo. Por más que esa etapa sea normal, especialmente a partir de los dos años de edad, los padres deben tener mano firme para negar cuando el niño no deba hacer algo.
En primer lugar, lo importante ante todo es ser tolerante pero firme. Nunca castigues a tus hijos física o psicológicamente. Es mejor que aprendan de sus propios errores. Puedes imponer los límites siempre con el amor que sientes por ellos. También es fundamental que tanto la madre como el padre estén siempre del mismo lado, que no hayan discusiones delante del pequeño. No es recomendable que uno de los padres prohíba algo y que después el otro lo permita. Eso sólo confunde a los niños.
Ayuda a tus hijos a que encuentren otras formas de resolver las frustraciones y de expresar su voluntad cuando no sea posible realizar el deseo que provocó el ataque de capricho y no se conviertan en críos mimados. Es clave tener paciencia para no ceder ante las mañas. A medida que crecen, los niños aprenden que no siempre es posible tener todo lo que desean y entonces esos caprichos disminuyen porque se dan cuenta que para conseguir algo, primero deben ganárselo.
Siempre que puedas evita los enfados antes de que sucedan: no dejes que se cansen o se exciten demasiado. Cuando ocurra un ataque rabieta, quédate al lado de tu hijo y no lo dejes solo. Cuando haya pasado ese estado, charla con el niño y enséñale que ésa no es una forma saludable de conseguir las cosas. Con el tiempo aprenderá y estos valores le servirán mucho para la vida.


























































