
Cuando un bebé abandona el vientre de su madre lo hace de la noche a la mañana y sin tener ningún conocimiento del mundo en el que, repentinamente, está empezando a vivir. Por esa razón, un recién nacido necesita pasar el mayor tiempo posible en el regazo de su madre, quien deberá cuidar de cogerlo con ambas manos: una para agarrarlo por el cuerpecito y la otra para sujetar su cabeza, ya que tienen el cuello muy débil.
Y es que los humanos, en nuestros primeros días de vida, precisamos del calor y del abrigo que sentíamos en el interior de nuestras progenitoras, ya que cuando no nos encontramos entre sus brazos, nos sentimos indefensos y desprotegidos. Además, un recién nacido, no tiene la vista adaptada al exterior, y le resulta imposible ver más allá de unos pocos centímetros: los que separan su cara de la de su madre cuando ésta lo coge en brazos.
Pero este mimo no debe prolongarse demasiado en el tiempo. Una vez transcurridas las tres primeras semanas de vida del bebé, debemos empezar a dejar que pase más tiempo en la cuna, siempre de manera paulatina y, si es necesario, con la ayuda de juguetes. Existen, por ejemplo, hamacas ergonómicas en las que el pequeño puede incluso dormir y que incluyen botones con los sonidos que el bebé escuchaba desde el interior del vientre materno, como por ejemplo los latidos del corazón de su madre.
Sea como sea, lo importante es lograr despegarse del bebé poco a poco, una tarea difícil también para la madre, pero que sólo tiene efectos positivos, ya que favorecerá el sistema psicomotriz del niño al tiempo que le permitirá observar el mundo que le rodea y adaptar, por tanto, su vista. Además, el pequeño aprenderá a dormir sobre otras superficies distintas al cuerpo de su madre, lo cual permitirá que las noches sean más llevaderas para ambos.


























































