La obesidad en los bebés
La obesidad debe evitarse desde los primeros meses de la vida e incluso las mamás deben controlar los hábitos alimentarios desde que el niño está en el seno materno.

Vivimos en una sociedad propensa a caer en una serie de tópicos, como es relacionar a un “bebé gordito” con un “bebé sano”, o pensar que la gordura desaparecerá cuando el niño crezca.
Estas creencias trasladadas a la práctica son las que afectan el esquema de peso corporal.

La edad de aparición de la obesidad infantil, por lo general es antes de los dos años.
Cuando un niño supera el percentil 95 o 97 de peso para su edad puede considerarse potencialmente obeso.

La obesidad es hereditaria; Si ambos padres son obesos, las probabilidades de que su hijo lo sea, son de 69 a 80%. Cuando sólo uno es obeso de 41 a 50%, y sin ninguno de los dos lo es, el riesgo será del 9%.

Pero también los hábitos alimenticios que siga la madre desde el embarazo y los que aplique a su hijo desde que nazca, influirán notablemente en el resultado final de obesidad o mantenerse el niño en su peso ideal.

La lactancia artificial es un factor de riesgo de obesidad. Sin embargo la materna, previene la obesidad infantil debido a la composición única de la leche, la succión y las respuestas metabólicas a la misma.

Cuando el niño empiece a comer, se recomienda introducir una dieta sana y balanceada que incluya: frutas, verduras, legumbres, pescados y lácteos principalmente.

Las consecuencias derivadas de la obesidad en los niños son entre otras, el incremento de la mortalidad por enfermedades cardiovasculares, diabetes, hipertensión, hipercolesterinemia, inadaptación social cuando sea más mayor.

Se puede prevenir con la colaboración de los pediatras y nutricionistas. Y es fundamental conocer los hábitos alimentarios de los padres. Si son inadecuados, la intervención sobre la familia es el único medio para mejorar la dieta del bebé.