
Muchos padres cometen el error de querer darles todo a sus hijos desde un punto de vista material. De este modo, la generación de niños actuales ha crecido en la abundancia y en las comodidades. Sin embargo, la realidad es que aquello que de verdad determina a un niño en su nivel de felicidad es la experiencia y las vivencias que tiene. De este modo, compensa mucho más tener una casa más humilde pero haber crecido con una familia feliz, que vivir rodeado de lujos en la más absoluta soledad emocional.
Del mismo modo, también es más positivo haber tenido dos buenos amigos, pero que son de verdad, que haber tenido muchas relaciones superficiales. Los niños también conocen pronto el placer de la amistad, tanto que es habitual que tengan algún amigo del que se han vuelto inseparables. Las vivencias de juegos, las confidencias que se comparten, las ideas que surgen en común… Dejan una huella notable en el corazón y esa huella se llama felicidad.




























































