Violencia en el embarazo
La violencia de género tiene lugar en casi todas las culturas y en todas las escalas sociales. Mayoritariamente se produce en el hogar.

Uno de los primeros estudios sobre la violencia doméstica realizada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) pone de manifiesto que la ejercida por la pareja es la forma de violencia más común en la vida de las mujeres, mucho más que las agresiones o violaciones perpetradas por extraños o simples conocidos.

La violencia hacia las mujeres se rige por un modelo de conductas represivas hacia la mujer que puede expresarse como:

– Violencia física.
– Violencia psicológica.
– Violencia sexual.

Las consecuencias físicas de la violencia doméstica durante el embarazo pueden ser:

– Retraso de crecimiento. Bajo peso al nacer.
– Infección uterina. Infecciones vaginales, cervicales o renales.
– Hemorragia. Sangrado vaginal.
– Trauma abdominal.
– Exacerbación de enfermedades crónicas.
– Complicaciones durante el parto.
– Aborto espontáneo.
– Ruptura de membranas.
– Desprendimiento de placenta.
– Magulladuras del feto, fracturas y hematomas.
– Muerte.

A esta importante y larga relación de daños físicos hay que añadirle las consecuencias psicológicas derivadas:

– Desinterés en el cuidado propio y prenatal.
– Estrés.
– Depresión.
– Adicción tabaco, alcohol y drogas.
– Suicidio. Homicidio.

Muchas mujeres maltratadas guardan silencio de su situación por diferentes motivos, entre ellos el temor a represalias, preocupación por los hijos, dependencia económica, falta de apoyo de familiares y amigos y la esperanza de que la pareja cambie.

Cualquier tipo de violencia ejercida, en este caso contra la embarazada, es un problema de derechos humanos y por lo tanto de competencia y responsabilidad social. Los trabajadores de la salud suelen ser el punto de contacto entre las víctimas y los servicios públicos.