Instinto maternal
Ante el florecimiento del instinto maternal no cabe la reflexión. Sin preguntarse si tienen la obligación de hacerlo, las madres siempre reaccionan a favor de sus hijos, el sentimiento de protección se percibe en toda su expresión.

Cuando una mujer se transforma en madre, se produce un cambio de generación… Y es que traer un hijo al mundo propicia una auténtica tormenta hormonal y afectiva en ella que no puede ser controlada.

Los instintos surgen precipitadamente, lo que genera en la mujer el deseo de tener al bebé junto a ella en una actitud protectora. Ocurre en los animales… Se agita una fuerza extraordinaria en la hembra que acaba de dar a luz una cría, un motor que impulsa a cuidar y a alimentar aquello que salió de su cuerpo. Pero lo más bello es ese afecto que transmitirá en calidad de verdadero amor a su propio retoño.

La relación firme que se establecerá entre una madre y su hijo tienen lugar en el momento del nacimiento. Así se ha comprobado que cuando una hembra mamífera cuenta con la compañía de su cría durante los primeros cuatro días, y se dan los actos de amamantar, y sentir el calor mutuo, el instinto maternal se despierta por completo. En los instantes próximos al parto hay hormonas que se liberan, que contribuyen a hacer brotar los sentimientos y cualidades maternales. Sin embargo, un día después éstos desaparecen del organismo materno ¡Eso sí, el proceso está en marcha: El instinto maternal continuará funcionando aún sin la presencia directa de tales hormonas!

En definitiva, la maternidad desencadena en las féminas el desarrollo de unos efectos realmente positivos: Pueden experimentar cómo se incrementa su sociabilidad, su resistencia al estrés y mejora considerablemente la memoria y la capacidad de orientación.