La influencia de la herencia y el ambiente
Los seres humanos contamos con una ventaja crucial: Somos muy adaptables al entorno gracias a que la genética no tiene un peso excesivo. Podemos seguir aprendiendo y cambiando hasta el día de nuestra muerte.

La relación inacabable entre herencia y ambiente es la que al final nos determina y nos indica el camino a seguir. Se trata de actuar sobre el entorno de la mejor manera posible para permitir el desarrollo de todas las capacidades que albergamos en nuestro interior.

Gracias a la educación sí que podemos optimizar lo que tenemos. Y es que cuanto más entrenado, más plástico resulta un cerebro, más vivo, más dinámico y más creativo.

Durante los primeros meses de vida, el cerebro del niño aún se está desarrollando. Se establecen nuevas conexiones neuronales, al mismo tiempo que otras resultan eliminadas. Las características particulares del entorno en que crece el bebé serán las que van a determinar qué conexiones deben desaparecer y cuáles deben desarrollarse.

Nuestra conciencia, nuestra capacidad de reconocernos como únicos e independientes de nuestros semejantes, nos diferencia de otros animales sociales como las abejas o las hormigas, que funcionan colectivamente como un único súper organismo, con una única mente común que decide en función de aquello que más conviene a la colmena o al hormiguero. El hombre, por el contrario, no puede obviar su componente individual, todo aquello que no sólo lo convierte en un ser humano, distinto de cualquier otra especie, sino que lo identifica exclusivamente como esa persona en concreto, única entre todas las demás.

Pero ningún individuo puede desarrollar plenamente sus capacidades sin la interacción con otros seres humanos, como demuestra el retraso cognitivo de los llamados “niños salvajes”. Sólo somos seres completos y llenos de sentido en sociedad, unidos a los demás humanos en una red tejida a lo largo del espacio y del tiempo.